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Cuando le pregunté a mamá de qué color exacto era la bici, ella contestó con un tamborileo de dedos en la mejilla: “yo diría que es verde, verde vaporoso”. Vaporoso -pensé-, debe alcanzar la velocidad de una locomotora…o quizás vuele.
Caracol entró en casa por primera vez el día que cumplí diez años; mis padres solemnizaban con el regalo el cambio de década de su única hija, convirtiendo a la bicicleta en el símbolo de una incipiente libertad.
Las primeras andanzas juntas las vivimos en “El Campo”, que es como llamábamos
a una finquita sin pretensiones, propiedad de mis abuelos paternos, a las afueras de Aranjuez. Los fines de semana, papá subía a Caracol a la baca del coche familiar y emprendíamos camino desde Madrid. Ella lucía palmito, azotada por el viento, como una Niké orgullosa surcando el asfalto de la Cuesta de la Reina.
Era en esa finca donde los primos campábamos  silvestres durante los veranos, bajo la férrea tutela de la abuela y la mirada cómplice del abuelo. Mi primo Carlos, que había cumplido los dieciséis y tenía una vespa, dijo que, igual que su moto se llamaba “La Poderosa”, yo debía ponerle nombre a la bici, así que, en una ceremonia improvisada pero digna, y después de protegerle la cesta con un chubasquero azul eléctrico, rociamos de agua al estoico velocípedo con la manguera de regar las calabazas y la nombramos tres veces: Caracol, Caracol, Caracol. Carlos quiso después amputarle el guardabarros, pero me negué rotundamente a semejante mutilación.
Por aquellos días, yo trataba a la bici con la delicadeza que se le otorga a los amores nuevos, en su ausencia notaba un desasosiego desconocido y cuando volvía a mi dominio un suspiro de alivio me inflaba y desinflaba los pulmones. Con el tiempo aprendí a dejarla tirada de cualquier forma en las veredas, bajándome sin tiento después de un derrape premeditado y vil. Ella se vengaba de mis maneras displicentes rozándome los tiernos tobillos con aquellos endemoniados pedales, cuya velocidad de giro excedía -oh, misterio- el impulso que yo les imprimía. Otras veces me tiraba a las zarzas sin miramiento alguno, y en una ocasión se empeñó en tomar la dirección de una zanja donde caímos ambas sin el más mínimo decoro.

Abandoné la infancia y Caracol fue testigo silencioso y paciente  de los torpes besos con Miguel, un noviete de césped y Buen Retiro en las jugosas tardes de septiembre, de aquellos primeros lances amorosos  que te enseñan a mirar a través de los ojos del otro y  descubrirte más hermosa y más dulce de lo que hasta ese momento te había dicho el espejo. Para entonces, la cesta y el transportín habían dejado atrás “Mujercitas” y “La isla del tesoro” y paseaban con gracia y desparpajo a Borges, Lorca, Machado, Hernández y Salinas, y a Alberti y a Neruda, porque, naturalmente, en esa época poesía era yo.
A todo esto, mi padre hacía crecer a Caracol al mismo ritmo que mis extremidades, y ahora presentaba un porte estilizado, con el sillín y el manillar bien altos.

Durante el tiempo de la universidad fuimos un centauro rodante poderoso y libre: yo soñaba que había futuro y ella que descansaba a las puertas del Jardín Botánico, uno de nuestros sitios favoritos, bajando por El Prado y antes de enfilar -ahora en paralelo y enlazadas- la cuesta de Moyano. Por allí andábamos fascinadas entre ingenuas adúlteras de Vetusta, pícaras Dulcineas, trágicos judíos venecianos y Emmas insatisfechas en busca de belleza. Yo ponía a jugar a naipes al doctor Juvenal con Aureliano Buendía y don Latino, y en más de una ocasión tuvo la Maga que ofrecerle un matecito a Otelo para templarle la primera persona del posesivo. Definitivamente, aquel rincón era nuestro lugar en el mundo.

Solo  en una ocasión le fui infiel. Ella lo sabe, se lo conté después de volver de Ámsterdam. En mi descargo diré que la tentación pedaleaba a cada paso y no tuve la valentía de negarme. Pagué caro el ominoso desliz. Llovía como si el cielo nos estuviera imponiendo penitencia y la calzada mutó en un reluciente espejo. Volé. Cerré los ojos. Contusiones y luxación de hombro dijo mi marido. Llevaba casco. Ya en Madrid, me enfrenté a mi compañera de correrías: me pareció ver una mueca siniestra en la luz delantera, una especie de sonrisa torcida.

Después de un tiempo, el destino se volvió puñetero y ya no pude utilizar a Caracol, al menos en su uso natural. Ahora, tras muchos años juntas, somos dos ancianas venerables. A ella le cruje la horquilla y a mí todos los huesos. Pasamos una crisis de apatía, pero hace meses la rescaté del sótano donde apenas disfrutaba de su jubilación y la tengo al lado de mi cama, como librería auxiliar. A veces le comento que en Holanda hay un carril bici, con células fotovoltaicas y paneles solares, que genera energía, o que existen carriles de madera. Ella no quiere escuchar. Parece una vieja dama de principios del XX, adornada de violetas, mientras sujeta firme primorosos ejemplares de Virginia Wolf y Mary Wollstonecraft, un antiguo código civil, un volumen de cuentos de Chéjov, alguna novedad literaria y un sinfín de cuadernos y lápices.

Por la noche, la luz pone destellos en los radios y duerme erguida y elegante sobre sus dos lunas de plata. Siempre le deseo un feliz descanso: te lo tienes ganado, Caracol.

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